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Vivir en Viterbo me enseñó que una ciudad no necesita subterráneo, autopistas ni sistema de cloacas comprensible para funcionar. La ciudad funciona con filas.
La fila es la verdadera infraestructura de Viterbo. Une barrios, transmite cultura, distribuye calor humano y permite que una señora que llegó cuarenta minutos después que vos termine misteriosamente adelante tuyo. Es una obra pública invisible. También es una forma de selección natural, pero con tickets numerados.
Yo al principio no lo entendía. Venía de Argentina, un país donde hacer fila también es un deporte nacional, pero por lo menos nosotros admitimos que estamos tratando de cagarnos entre todos. Acá no. Acá el tano se te mete adelante con una expresión de absoluta inocencia administrativa, como si no estuviera invadiendo tu lugar sino corrigiendo un pequeño error cartográfico cometido por el municipio.
—Scusa, devo solo…
Nunca se llega a saber qué tiene que hacer solamente. Preguntar algo, saludar al primo, verificar la cocción, llevarle un plato a la nonna, reconocer un cadáver. La frase queda abierta y el tipo avanza de costado hasta incrustarse entre vos y la persona que estaba adelante. Cinco minutos después aparece su mujer. Después el cuñado. Después dos chicos, una abuela plegable y un señor con una silla de camping. Lo que empezó como una persona que “solo” necesitaba preguntar algo termina siendo una colonia de veintitrés habitantes con autonomía fiscal.
Las Sagras de Viterbo
Las sagras fueron mi introducción formal a este sistema.
Una sagra, para el extranjero, parece una fiesta dedicada a algún producto regional. La Sagra de la Castaña. La Sagra del Jabalí. La Sagra del Hongo. La Sagra de una Parte Muy Específica del Cerdo que en cualquier otro contexto requeriría intervención policial. Uno lee el nombre y se imagina una celebración pagana de la abundancia: mesas largas, recetas centenarias, ancianas cocinando con sabiduría ancestral, vino, música y una comunidad agradeciendo a la tierra por no haberlos matado durante el invierno.
En la práctica, una sagra consiste en hacer una fila para comprar un ticket que te autoriza a hacer otra fila.
Eso es todo.
Lo demás es escenografía.
La primera fila suele estar delante de una ventanita donde alguien cobra. Hay un cartel con quince platos, cuatro están agotados y tres nunca existieron. Cuando finalmente llegás, tenés que decidir en seis segundos qué vas a comer porque detrás tuyo hay ciento cincuenta personas resoplando como una locomotora asmática.
Pedís carne.
—¿Una porzione?
—Sí.
Te dan un papel.
No la carne. Un papel.
El papel confirma que en algún punto del pueblo existe un pedazo de carne que jurídicamente te pertenece. Ahora tenés que encontrarlo.
Para eso está la segunda fila, ubicada a una distancia que obliga a organizar una expedición. La fila bordea una plaza, pasa junto a una iglesia, atraviesa dos siglos de arquitectura medieval y termina frente a una parrilla atendida por cinco hombres que discuten entre ellos más de lo que sirven.
El humo es tan espeso que uno deja de ver la comida y empieza a confiar en la fe.
Media hora después, una mano emerge de la nube y te entrega un plato de plástico con un pedacito de carne quemada. No una porción. Un pedacito. Tiene el tamaño y la textura de una estampilla que viajó por correo durante una guerra. Si lo levantás contra la luz, probablemente se vea el sello de Mussolini del otro lado.

Uno podría enojarse, pero para ese momento ya estableció una relación emocional con la carne. La buscó, presentó documentos, esperó su turno y defendió su posición frente a tres intentos de anexión territorial. No vas a decir “esto está seco”. Vas a sentarte con orgullo y anunciar que está buonissima, porque admitir la verdad significaría reconocer que entregaste noventa minutos de tu vida y no menos de 20 euros a cambio de una arandela de carbón.
Queda entonces la tercera fila: la de las mesas.
Técnicamente no es una fila porque nadie está alineado. Es un ecosistema de depredadores que caminan con platos calientes buscando una silla libre. Las mesas son comunales, pero las familias las defienden como principados. Hay camperas ocupando lugares, carteras ocupando lugares, botellas ocupando lugares y sillas vacías reservadas para personas que supuestamente “ya vienen”. Esas personas pueden estar comprando vino o pueden haber muerto en 1987. Nadie lo sabe. La silla sigue reservada.
Al final comés parado junto a un contenedor de basura mientras una banda toca una versión de “Volare” que dura nueve minutos.
Y volvés al año siguiente.
Este detalle es importante: volvés.
Porque la sagra no vende comida. Vende la oportunidad de contar que la fila fue peor que el año pasado. Y la carne quemada es apenas el comprobante.
Ahora sí: La Macchina di Santa Rosa
Yo creía que después de varias sagras ya estaba integrado. Sabía dónde se compraba el ticket, cómo proteger el flanco derecho y de qué manera mirar al señor del “devo solo” para transmitirle que, si avanzaba otros veinte centímetros, nuestras familias iban a heredar un conflicto balcánico.
Entonces llegó septiembre y Viterbo me mostró el examen final: la Macchina di Santa Rosa.
Empecemos por el nombre.
No es una máquina.
Una máquina tiene piezas que se mueven, engranajes, botones, un motor o, como mínimo, una garantía que nadie encuentra cuando se rompe. La Macchina di Santa Rosa es una torre gigantesca llena de luces que un grupo de hombres carga por las calles.
Es una torre.
Una torre preciosa, histórica, emocionante, descomunal pero completamente incapaz de imprimir, centrifugar o licuar una banana.
Llamarla “máquina” es un abuso de confianza lingüístico. Si eso es una máquina, mi mesa es un helicóptero y mi heladera es una estación ferroviaria porque de vez en cuando hace ruido y la gente espera cosas adelante.
Cuando planteé esta observación, los viterbeses me miraron como se mira a una mujer resolviendo ecuaciones en el medioevo. No era una discusión. La ciudad llevaba siglos llamándola Macchina y no iba a modificar el sustantivo porque un argentino exigiera estándares mínimos de ingeniería.
Acepté la derrota. En Italia uno aprende rápido que hay palabras que no describen objetos: describen acuerdos sociales. La Macchina es una máquina porque todos acordaron no preguntar dónde está el enchufe.
El recorrido empieza por Porta Romana, pasa por Piazza del Comune —cuyo nombre real es Piazza del Plebiscito, porque una plaza italiana no puede tener un solo nombre y conservar la autoestima—, sigue hasta Piazza Verdi, también conocida como Piazza del Teatro, y después dobla para subir hacia la iglesia de Santa Rosa.
Toda la ciudad conoce el recorrido. Toda la ciudad conoce los horarios. Toda la ciudad sabe que va a haber una cantidad obscena de gente.
Por eso algunos acampan desde el día anterior.
Hay personas que pasan una noche entera en la calle para reservar un lugar desde donde mirar una torre transportada por otras personas. La frase suena como una consecuencia de haber bebido desinfectante, pero acá constituye planificación responsable.
El horario anunciado es las nueve.
En Italia, las nueve son un concepto. No indican un punto específico del tiempo sino una zona de posibilidades. Las nueve pueden ser las nueve y cuarto, las nueve y media o el momento en que alguien finalmente consigue la llave de algo. Apenas voy aprendiendo a leer la hora con agujitas así que voy a esperar para entender cómo funcionan los relojes en Italia. Después les cuento…
El año pasado decidimos ir a Piazza Verdi porque la Macchina se detiene ahí durante varios minutos y, al ser un espacio abierto, parecía la opción sensata. Ése fue nuestro primer error. En un evento de esta magnitud, “espacio abierto” significa “recipiente más grande para poner gente”.
Llegamos a eso de las ocho y cuarenta.
En mi cabeza, veinte minutos antes era temprano. En la cabeza colectiva de Viterbo, veinte minutos antes equivalía a llegar la semana siguiente. La plaza ya estaba ocupada por la población completa de la provincia, sus parientes, varios bebés que todavía no figuraban en el censo y un señor que llevaba una escalera.
No sé para qué era la escalera. Tal vez vivía ahí.
Nos ubicamos donde pudimos, expresión optimista que en este caso significa que dejamos de avanzar cuando la presión de los cuerpos alcanzó una densidad mineral. A partir de ahí dejamos de ser individuos para formar una pared biológica.
Había ruido, calor y una forma de transpiración comunitaria que eliminaba cualquier diferencia entre clases sociales. El sudor democratiza. Después de cuarenta minutos, todos olíamos a la misma persona.
En Italia, el espacio personal durante una procesión no existe en absoluto. Un desconocido puede apoyar el antebrazo sobre tu hombro, respirar dentro de tu oreja y usar tu espalda para estabilizar el teléfono sin que la relación avance formalmente. No sabés cómo se llama, pero ya compartieron más intimidad que muchas parejas casadas.
Cada tanto alguien llegaba tarde y trataba de pasar hacia adelante.
—Permesso.
Claro. Permiso para qué.
No había adelante. Adelante era una hipótesis. Pero la persona insistía, rotaba el cuerpo cuarenta y cinco grados y comenzaba a filtrarse por un espacio donde no entraba ni una idea. Después aparecía la pareja. Después el primo. Después un chico con un helado. La colonia de la sagra volvía a fundarse, esta vez en territorio soberano de mi riñón izquierdo.
A un costado de la plaza hay un restaurante o bar con mesas en la calle. Esa noche las mesas estaban cerradas al público general y ofrecían, evidentemente, una vista excelente. Parecía el sector diplomático de las Naciones Unidas: gente sentada, copas de vidrio, aire alrededor del cuerpo.
No pregunten cuánto cobraban.
No sé.
No quiero saber.
Hay precios que uno investiga y precios que es mejor imaginar como parte de una operación de lavado de dinero. Si para mirar la torre sentado tengo que vender un órgano… Además, ya había un señor usando mi espalda como trípode; técnicamente yo ya era mobiliario premium. Tuve que haber cobrado algo aunque sea…
Las nueve pasaron sin incidentes porque no ocurrió nada.
A las nueve y diez empezó el sistema de rumores. “Ya salió.” “Todavía no salió.” “Está en Fontana Grande.” “Hubo un problema.” “No, el problema fue el año pasado.” Cada frase llegaba desde una dirección diferente y era transmitida por personas que no podían ver más que nosotros, pero hablaban con la autoridad de un controlador aéreo.
A las nueve y media, la hora oficial italiana para las nueve, algo cambió. Allá, en loma culo, porque yo estaba al final del recorrido casi. Así que ahí fue cuando me empecé a preguntar, por qué carajos llegué temprano.
—Porque hay mucha gente y si llegás después quedás allá al fondo.— Me respondió Simone que estaba tan apretado contra mí que me leía la mente.
Y así sudamos como hasta las once de la noche… Cuando de repente:
Llegó el ruido. Después el movimiento de la gente. Después las luces aparecieron por encima de las cabezas y, por un momento, toda la ironía se quedó sin trabajo.
Porque la torre —la máquina, sí, bueno— es impresionante.
Es enorme de una manera que las fotos no explican. Se mueve por calles donde uno duda antes de entrar con un Fiat Panda y avanza sobre los hombros de hombres que, en ese instante, parecen haber aceptado una apuesta hecha por sus bisabuelos. Las luces suben, la estructura tapa el cielo y la plaza entera contiene la respiración durante aproximadamente dos segundos.
Después alguien te clava un codo.
La emoción y el codo conviven. Ésa es la experiencia completa.
Yo intentaba mirar hacia arriba mientras protegía los bolsillos, conservaba el equilibrio y evitaba que una señora de un metro cincuenta me colonizara las costillas. Mi campo visual alternaba entre una obra monumental, la nuca de un desconocido y las pantallas de quinientos celulares.
La Macchina se detuvo en la plaza. Los hombres descansaron. La multitud aplaudió. Nosotros aprovechamos para reorganizar órganos internos.
Ahí permaneció durante varios minutos, inmensa, luminosa y completamente desprovista de funciones mecánicas. Ni una palanca. Ni una ruedita. Nada. Miles de personas habían esperado horas para ver pasar una cosa llamada máquina que no podía moverse por sí sola.
Y, sin embargo, se movía.
Eso era lo irritante.
La cargaban, la levantaban, la hacían avanzar entre edificios de piedra y una masa de tanos transpirados que gritaba, aplaudía y empujaba con una coordinación parecida a la de una evacuación dirigida por poetas. Después dobló y siguió hacia la iglesia de Santa Rosa, subiendo por una calle que yo no elegiría ni para llevar dos bolsas del supermercado.
Cuando desapareció, la plaza quedó llena de personas que de pronto recordaron que tenían piernas y trataron de usarlas todas al mismo tiempo.
Salir fue otra fila.
Por supuesto.
La ciudad no iba a permitir que termináramos sin el comprobante.
Este año nuestro plan fue mucho más inteligente: Fuimos otra vez a Piazza del Teatro.
La diferencia es que ahora no esperábamos ver todo. Fuimos a mirar lo que pudimos entre una axila, un abanico y los doce teléfonos que estaban delante. Si distinguíamos la mitad superior de la torre y ninguna parte interior de un desconocido, lo hubiéramos considerado un éxito.
… No fue así.
Unos amigos la vinieron a ver por primera vez y nos arrastraron hasta donde los ombligos se convierten en diamantes. Con la diferencia de que esta vez… ¡fuimos más temprano! (porca vacca)
Nuestra tradición legendaria
¡¡¡Ah pero después!!! Después dimos curso a nuestra larga tradición de 1 año.
Nos juntamos con amigos italianos y argentinos y fuimos a tomar algo. La tradición nació el año pasado, lo que técnicamente la convierte en una costumbre si nadie consulta a un historiador. Diciendo que vamos a tomar una sola.
Nunca es una sola.
La primera bebida es para brindar. La segunda es porque finalmente conseguimos sentarnos. La tercera sirve para analizar la Macchina. La cuarta, para discutir si realmente es una máquina. A partir de la quinta, alguien demuestra con dos posavasos y un limón que, desde cierto punto de vista, también podría ser un barco.

Así es vivir en Viterbo: uno hace cola para comprar un papel, hace otra cola para cambiarlo por un pedacito de carne quemada, hace una tercera para sentarse, espera entre una multitud de tanos transpirados a que pase una torre que insiste en llamarse máquina…
Visto de esa manera, la ciudad sí funciona como una máquina.
Una máquina que convierte tiempo en filas y filas en alcohol.
No tiene botón de apagado.
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